Cuando era joven, y las bibliotecas tenían una lámpara en cada mesa, era excitante salir de allí después de muchas horas y desembarcar en el planeta tierra transportada por el vehículo más veloz de todos los conocidos: el cono de luz sobre un libro. A la salida me extrañaba, primero, que la nave me hubiese dejado otra vez en el mismo sitio, enfrente de aquel bingo, y en el mismo tiempo. Luego ya me extrañaba todo, hasta que fuera invierno o verano.
Todos sabemos que no se lee sólo con los ojos, que se lee con todo el cuerpo, y no sólo eso, que se lee incorporando el espacio que nos rodea mientras leemos, como si al escatimarle la atención el lugar nos impregnara con sus detalles en otro registro.
Mi biblioteca platónica es la José Sinués. No era una biblioteca de incunables y madera, no tenía el tufo de sarcófago sagrado que tienen las grandes bibliotecas, las que salen en las películas, pero contaba con alguien que compensaba todas las deficiencias iconográficas; aquella bibliotecaria, vestida con una bata blanca, que era una experta enfermera de lectores: encontraba lo que le pedías, bajaba las persianas, encendía las lámparas y supervisaba el silencio.
No sabía describir qué me ocurría en las modernas bibliotecas, ignoraba por qué nunca he conseguido permanecer sentada en alguna de las muchas tumbonas maravillosas que arriman a un ventanal más de cinco minutos, pero después de leer Biblioclasmo de Fernando R. de la Flor, he dejado de sentir esa inquietud como una deficiencia; algo produce escalofríos eléctricos en estas bibliotecas de ahora, todos lo sabemos, ya no son un espacio sagrado o un túnel del tiempo, se parecen a todos los edificios civiles, estaciones, centros de salud y aeropuertos, y provocan prisa.
Hay que tener cuidado al elegir dónde leemos: la memoria de los libros suele llegar acompañada por la luz del lugar en el que los leímos.
Marta Sanuy
Imagen: Job Koelewijn


Escuela de Escritura

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